El arte que vengo a enseñarte es difícil, casi utópico, pero de milagrosos efectos liberadores. Son muchos los que lo practican; así es factible. Es un arte eminentemente cristiano, pero no exclusivamente. Cuando uno se siente amado por Dios como hijo único, ese arte de amar no solo es fácil, sino casi inevitable. Pero también pueden practicarlo los que no tienen experiencia de fé; y, de todas formas, aquí las recomedamos a titulo de terapia liberadora.
Se tratade dedicarse a amar precisamentea a aquellos de quienes has recibido desilusión o te han traicionado.
Cada vez que recibas un impacto negativo, concentrate, tranquilizate y dedicate a amar a esa persona, a sentir amor por ella; a transmitirle ondas amatorias, a envolverlo, mental y cordialmente, en ternura y cariño.
Fulano te ha insultado. No importa. Retirate y dedicate al deporte de amarlo: piensa en él, transmitele ondas de cariño y benevolencia. Ámalo inmensamente.
Te han retirado la palabra, acabas de enterarte de una traisión. No importa. Retírate, concentrate en ellos y envíales fuego de amor, amalos incondicionalmente, ciegamente; sin hacer caso del amor herido, envuélvelos en dulzura, bondad, suavidad. Ni siquiera tienes que dedicarte a perdonarlos, sino a amarlos. Enviales tu corazón y tus entrañas traspasados de tenura por ellos.
En fin cada vez que alguien te haga sufrir, retírate al silencio a tu cuarto y, en lugar de envirle onda agresiva (que solo a ti te dañan), inundalo de dulzura mentalmente, llenalo de cariño, amalo incansablemnte.
***
Esto parece, me dirás, una locura incomprensible. Así será. Pero yo estoy en condiciones de afirmar que no hay en el mundo terapia tan liberadora como esta. Es la más sublime libertad; es, justamente, la perfecta libertad.
Y es, por otra parte, el Gran Mandamiento del Señor, pero al que yo, en este momento, recomiendo como la manera más eficaz de liberarse del sufrimiento que proviene del otro.
Ignacio Larrañaga


